Bio

Desde muy pequeña sentí en mi corazón que mi llamado en esta vida era ayudar a la gente. No sabía exactamente cómo, pero lo respondía con total naturaleza cuando alguien me preguntaba ¿qué quería ser de grande?

Hablaba con las plantas que había en mi casa, me encantaban los patrones geométricos que reconocía en la naturaleza, en el tejido de los muebles de mimbre o a lo mejor en las baldosas. Desde muy temprana edad podía ver las luces que enmarcaban la silueta de las personas, que en ese entonces no sabía qué eran (y mucho menos lo había comentado con nadie) hasta que un día mi padre, al poco tiempo de empezar a trabajar con medicina bioenergética, le comentaba a mi madre que había algo llamado “aura” y que uno lo podía ver como unas luces de colores en las personas.

A medida que fui creciendo, me di cuenta de que era muy buena en las humanidades, que me gustaba aprender nuevos idiomas y viajar porque conocía otros mundos y otras maneras de verlo. Sentía en mi corazón que los seres humanos cuando nos juntamos somos más fuertes, nos complementamos y podemos organizarnos mejor como comunidad. Esa convicción me llevó a estudiar Ciencia Política y más adelante a cursar una maestría en Cooperación Internacional y Desarrollo Humano.

Mientras estudiaba, quise conocer más sobre arte, pues muchas veces sentía que la literatura, el cine, la pintura, la escultura o la música de alguna manera contaban la misma historia que yo encontraba en mis lecturas técnicas interminables. Solo que las expresiones artísticas llegaban a tocarme más, lograban atraparme y sentir mi propia vida reflejada en ellas.

Al terminar mis estudios tenía unas ganas inmensas de cambiar el mundo ayudando a la gente y con ese optimismo y fe empecé a trabajar. La vida se encargó de mostrarme que para cambiar el mundo es imprescindible cambiar nuestra conciencia; lo que en principio empezó siendo un viaje de un continente a otro por estudios, se convirtió en la más fuerte pero enriquecedora experiencia: transitar por el camino del No.

Me estrellé muchas veces contra el mundo, contra mi propia esencia, contra lo que eran mis sueños, contra la gente que me rodeaba. Lo que era claridad y anhelo se transformó en dolor y frustración. El mundo y lo que había en su alma no era como yo me lo imaginaba. Comprendí que no sólo había amigos y posibilidades, también hay personas que actúan sólo para su propio beneficio y que sin escatimar herían a los demás. Esto puede que todos lo sepamos, pero otra cosa fue experimentarlo. La adversidad nos pone cara a cara frente a las dudas y con estas también viene la inseguridad. Temí incluso el pedir ayuda e intenté hacerlo todo por mí misma con las herramientas que -por fortuna- la vida me había entregado al ser hija de médicos y por estar en el medio del crecimiento personal y espiritual.

Y es en este punto en el que llega el aprendizaje que desemboca en la calma, aprendí que si debía apoyarme en alguien que me ayudará a ver más allá. Conocí la Terapia de Respuesta Espiritual (TRE) y que ese alguien puede ser mi propio yo interior, podía ser esa parte del mundo que no me decepcionaba y todo aquello que es superior y que es energía -que habita dentro de cada uno de nosotros-. Las posibilidades tomaron forma de nuevo y a mi ser llegó esa paz para reconciliarme conmigo misma y con el mundo para poder moverme nuevamente en él con amor y seguridad.

Uno de los cambios más grandes que he visto en mi vida a través de la TRE ha sido el sentirme acompañada, saber que no estoy sola en este universo, darme cuenta que no tengo la necesidad de hacerlo todo yo y que no sólo los seres de luz están dispuestos a colaborarme, sino que realmente estamos todos juntos en esto. Las personas, los árboles, el agua, el fuego, el aire, las flores, las estrellas, los animales, los cristales, el sol y la luna: todos somos todo.